Stenberg quitó el dinero, no las máquinas
Daniel Stenberg cerró la recompensa por fallos de curl por lo que atraía el dinero, no por lo que escribía los informes. El 31 de enero de 2026 puso fin a un programa que funcionaba desde abril de 2019, había confirmado 87 vulnerabilidades reales y había pagado más de 100.000 dólares. El motivo fue el desplome de la tasa de aciertos. Antes de 2024, más del 15 por ciento de los envíos resultaban ser problemas de seguridad genuinos. A lo largo de 2025 esa cifra cayó por debajo del 5 por ciento, lo que, según sus propias palabras, significaba que ni siquiera uno de cada veinte era real. Un equipo voluntario de siete personas dedicaba horas a refutar cada uno de ellos, un trabajo que él describió como un desgaste mental serio.
Su explicación merece una lectura precisa. El objetivo principal del cierre, escribió, era eliminar el incentivo para que la gente enviara informes malos y poco investigados. Conviene fijarse en lo que esa frase no dice. No nombra ninguna tecnología y no propone detectar ninguna. Identifica un pago como aquello que premiaba el mal trabajo, y suprime el pago. Su criterio para quien informa es igual de independiente de la herramienta: nunca se debe notificar una vulnerabilidad si no se entiende de verdad y no se puede reproducir.
El volumen se duplicó y la tasa de aciertos se triplicó
El resultado fue el contrario de la predicción evidente. Dejar de pagar no vació la cola. En abril de 2026, tras el regreso de curl a la notificación no remunerada, los envíos llegaban a un ritmo aproximadamente doble al de 2025, y entre el 15 y el 16 por ciento se confirmaban como vulnerabilidades reales. El número de hallazgos confirmados superó el nivel de 2024, es decir, el de antes de la avalancha.
El detalle más importante suena a contradicción. Casi todos los informes seguían pareciendo asistidos por IA. Lo que había cambiado es que la mayoría ya eran buenos. La basura había dejado de ser un problema, comunicó Stenberg en abril. La herramienta no salió de la cola. La basura sí.
Leída como un problema de control, la recompensa era un filtro apuntado al objetivo equivocado. Un premio en metálico por un hallazgo aceptado se cobra en función del volumen de envíos multiplicado por la suerte, de modo que premia enviar rápido y con esperanza en lugar de verificar antes. Esa presión existía ya antes de los modelos generativos y resultaba simplemente soportable; la generación barata la volvió letal. La escala se aprecia también en otros sitios. En Bugcrowd el volumen de informes se multiplicó por más de cuatro en tres semanas de marzo. HackerOne registró hasta marzo un aumento interanual del 76 por ciento en los envíos, si bien en esa plataforma la proporción que señalaba vulnerabilidades reales se mantuvo estable en torno al 25 por ciento, lo que matiza la idea de que todas las colas se hundieran a la vez.
En realidad nadie ha prohibido nada
El único censo que se ha molestado en contar encontró cero prohibiciones absolutas. Un estudio completo de 53 programas de divulgación, que abarcaba cuatro plataformas de coordinación, 20 fabricantes y 29 proyectos de código abierto, se consultó el 28 de julio de 2026. Ni uno solo prohíbe de plano los informes de fallos escritos con IA. La afirmación tan repetida de que el sector los ha prohibido describe una norma que ningún programa de la muestra ha llegado a poner por escrito.
La distribución real es menos dramática y más útil. Treinta y seis programas, el 67,9 por ciento, no dicen nada sobre la IA en sus políticas publicadas. Dieciséis, el 30,2 por ciento, la regulan con condiciones. De esos dieciséis, trece exigen verificación humana del hallazgo, once exigen una reproducción funcional, ocho rechazan los envíos puramente autónomos sin dejar de permitir la asistencia de IA, y tres exigen que se declare el uso de IA: Intigriti, Django y FFmpeg. La verificación humana, y no la prohibición, es la norma hacia la que todos convergen.
El censo halló además un defecto que conviene anotar. Tres programas publicaron sus reglas sobre IA en un lugar distinto de su página de política principal. Una condición que la persona que informa nunca vio y nunca aceptó no se le puede aplicar, lo que convierte una regla escrita en mera decoración. Los programas que cambiaron de estado tampoco prohibieron nada: curl cerró su recompensa en enero de 2026, Nextcloud suspendió los pagos en abril, y la Internet Bug Bounty pausó los envíos.
Apple y GitHub fueron a por la persona
Las directrices de Apple vinculan ahora la sanción a la reputación de quien informa, no al informe. Apple afirma sin rodeos que recibe muchos informes que dicen referirse a problemas graves de seguridad o privacidad pero que están generados por modelos de lenguaje y se presentan sin la prueba exigida ni validación por parte de una persona. Su remedio es una suspensión. Si alguien envía de forma reiterada informes no admisibles, incluidos los inviables sobre cuestiones teóricas o los descubiertos por IA sin la debida validación, Apple puede dejar de tramitar sus informes durante 180 días. Con más de dos periodos de suspensión, esa persona puede ser excluida de forma permanente del programa.
La segunda mitad de esa sanción es la más afilada. Mientras dura la suspensión, la persona afectada queda excluida no solo del cobro sino también de la mención en los avisos de seguridad, y para un investigador profesional el reconocimiento público es la moneda duradera. Los términos de servicio de Apple llegan al mismo sitio por otro camino, al prohibir un patrón constante, reiterado o de gran volumen de afirmaciones falsas, como los informes generados con ayuda de IA que no han sido validados mediante revisión humana. Lo decisivo es esa última parte. La cláusula no prohíbe la asistencia, prohíbe entregar el resultado sin comprobarlo.
GitHub tomó la otra vía de la identidad y dividió el programa en dos niveles con efecto desde el 27 de julio de 2026. Las recompensas públicas bajaron a 250 dólares por un hallazgo de gravedad baja, 2.000 por uno medio, 5.000 por uno alto y 10.000 por uno crítico, frente a los 500 a 1.000, 5.000, 20.000 y 30.000 anteriores. Las cuantías antiguas viven ahora en un nivel al que se accede por invitación y que paga 1.000, 7.500, 20.000 y 30.000 dólares o más. Entrar exige un historial demostrado: un hallazgo crítico aceptado, o dos altos, o cuatro medios, o siete bajos. Quien informa por primera vez en el programa público se enfrenta a un requisito de señal con hasta cuatro envíos iniciales para demostrar su valía. El objetivo declarado por la ingeniera de seguridad de producto Catherine Cassell es reducir el ruido para que el equipo pueda centrarse en la señal.
Quien queda frenado puede ser justo quien importa
El filtro por reputación tiene un coste que ninguno de estos anuncios cuantifica. Todos estos diseños premian un historial previo, lo que es una manera sensata de ordenar a quienes informan a menudo. Pero la persona que encuentra un único fallo crítico en su producto y no ha presentado jamás un informe en ningún sitio es, por definición, el perfil que carece por completo de historial, y ese es precisamente el informe que menos le conviene frenar. La respuesta de GitHub son cuatro envíos para acreditar señal; la de Apple, un estado que puede quedar congelado medio año. Ambas son defendibles, ninguna es gratis, y el coste recae justo sobre quien encuentra algo una sola vez y cuyo único informe puede ser el más valioso del año.
Para un fabricante europeo esta cuestión deja de ser filosófica el 11 de septiembre de 2026, cuando empiezan a aplicarse las obligaciones de notificación del Reglamento de Ciberresiliencia. El fabricante que tenga conocimiento de que una vulnerabilidad de su producto está siendo explotada activamente debe notificarlo a ENISA y al CSIRT nacional competente en un plazo de 24 horas, aportar una evaluación más completa en 72 horas y presentar un informe final en los 14 días siguientes a que exista una medida correctora. En España el organismo de referencia es INCIBE-CERT. El Reglamento exige además una política de divulgación coordinada de vulnerabilidades, es decir, una vía ordenada por la que alguien pueda avisarle antes de que los detalles lleguen al público. Si se lee el plazo con atención, el problema de la bandeja de entrada se convierte en un problema de cumplimiento. El reloj arranca con el conocimiento, y una cola sepultada bajo informes sin validar es una máquina para retrasar justamente ese conocimiento.
De ahí se derivan tres consecuencias para quien gestione esa entrada. Exija una reproducción funcional y dígalo en la página que la persona que informa acepta, porque una reproducción es demostrable y una afirmación sobre qué herramienta escribió el texto no lo es. Arregle el incentivo antes de escribir una regla, ya que la cola de curl mejoró cuando desapareció el pago, no cuando cambió una política. Y mida la tasa de hallazgos confirmados en lugar del número de informes, porque el volumen es precisamente la cifra que subió en el único caso en que todo mejoró. Nada en el Reglamento de Ciberresiliencia le obliga a pagar a nadie. Le obliga a ser localizable y a distinguir un informe real de uno verosímil con la rapidez suficiente para poner el reloj en marcha a tiempo.
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