Lo que realmente se lanzó el 1 de octubre

Google puso en órbita baja terrestre un satélite del tamaño de un frigorífico con cuatro TPU Trillium y cerca de un kilovatio de energía solar, a bordo de la misión compartida Transporter-18 de SpaceX desde la base Vandenberg. Google lo llama MVP, producto mínimo viable, construido junto al fabricante de satélites Planet. Antes del lanzamiento, Google sometió las mismas TPU en tierra a radiación de protones en la UC Davis y comprobó que soportaban más de lo que exigiría una misión de cinco años, y certificó el hardware para resistir los 50 a 100 g de vibración que impone un lanzamiento.

Por qué computar en el espacio

La órbita baja terrestre ofrece a un panel solar luz casi continua, sin la noche, el clima ni la atmósfera que limitan a un panel en tierra, y Google asegura que eso vale hasta ocho veces el rendimiento energético del mismo panel en la Tierra. El problema es la refrigeración: allí arriba no hay aire contra el que empuje un ventilador o un enfriador, así que el calor debe viajar por materiales de interfaz térmica y tubos de calor hasta radiadores que lo liberan al espacio, y el MVP solo puede operar sus TPU en tramos limitados antes de que ese sistema necesite recuperarse.

La brecha de escala, en palabras de Google

Google convierte la brecha de escala en el punto central de la prueba, no en una nota al pie.

MétricaProject Suncatcher MVPUn centro de datos de IA moderno
Cómputo4 TPU, casi un servidorDecenas de miles de chips aceleradores
ConsumoCerca de 1 kilovatioCientos de megavatios a más de un gigavatio
RefrigeraciónPaneles radiantes, ciclo limitadoRefrigeración líquida o por aire continua

La fórmula de Google: el lanzamiento de octubre "aún no establece la economía, la escalabilidad térmica ni el rendimiento de red que requeriría un centro de datos de IA orbital."

Qué significa esto si planifica capacidad de centro de datos

Este lanzamiento no cambia nada en un plan de capacidad a corto plazo, y tratarlo como si lo hiciera es el verdadero riesgo. La crisis energética de la IA que vive hoy depende de colas de conexión a la red, campus terrestres de escala gigavatio y acuerdos nucleares o de SMR, y hay que resolverla en esos términos en los próximos tres a cinco años, no aplazarla a una hoja de ruta orbital sin fecha fija después de 2027. Europa mantiene una apuesta relacionada pero distinta sobre la misma idea de fondo: la Agencia Espacial Europea estudia en su iniciativa Solaris si la energía solar recogida en órbita podría transmitirse hacia la red eléctrica, con una demostración orbital prevista hacia 2030 y, según sus propias estimaciones, hasta un tercio de la demanda eléctrica europea actual a plena escala. Eso trata de alimentar la red en tierra, no de computar en el espacio, pero comparte la apuesta de Google de que el sol constante de la órbita merece el esfuerzo técnico.

La verdadera prueba es óptica, no solar

El problema más difícil no es la energía, es conectar los chips entre sí a través del espacio vacío. La misión de seguimiento de Google en 2027 pondrá dos satélites en órbita para probar enlaces láser entre naves, porque cualquier conjunto útil necesita el tipo de conexión de alto ancho de banda y baja latencia que el cobre y la fibra ofrecen sin esfuerzo en tierra y que nadie ha demostrado aún entre satélites en movimiento relativo. Esa prueba de 2027, no el lanzamiento de octubre, será la que muestre si esta hoja de ruta se sostiene.